Mucho se escucha hoy en día acerca de los efectos negativos del estrés en la salud, y no es para menos.

El estrés es un estado generalizado del organismo ante una situación potencialmente peligrosa, que provoca cambios a nivel fisiológico, emocional, mental y de comportamiento.

Como estrés agudo o puntual tiene un sentido muy importante en nuestra vida. Nos ayuda a enfrentarnos con ganas y con todos nuestros recursos a los retos se nos plantean.

Este tipo de estrés es necesario y positivo, siempre que se mantenga en los márgenes de una situación concreta, y no se generalice.

El problema aparece cuando se transforma en estrés crónico y mantenido en nuestro día a día.

 

¿Qué factores hacen que experimentemos estrés crónico?

Entre muchos, uno de los que más influye a la hora de experimentar estrés es la incertidumbre de no saber qué va a pasar.

Es algo que nos agobia y nos lleva a querer sentir el control, y a querer que la situación termine lo antes posible.

Pongamos un ejemplo deportivo para entenderlo mejor:

Se acerca una competición en la que vas a participar, pero apenas tienes información de ella: distancia, dificultad, qué participantes irán, qué tiempo hará…

Todas estas incógnitas te impiden planificar bien tus entrenamientos y tomar una decisión acerca de qué objetivo te planteas para esta competición (nivel cognitivo)

Empiezas a encontrarte débil y con síntomas de enfermedad, relacionados generalmente con el sistema digestivo (nivel fisiológico)

Tu motivación hacia la prueba decae, incluso que empiezas a cuestionarte qué sentido tiene competir para ti… (nivel emocional)

Sin embargo, esos síntomas no tienen su origen en un virus o en un cambio en tus intereses, sino en el estrés mantenido que estas experimentando.

¿Qué podemos hacer para reducir los efectos de la incertidumbre, y por tanto el estrés?

El mayor problema ante una situación incierta es que lo que nos pide nuestro cerebro, resolver la incógnita, es justamente lo que no se puede hacer.

Por ello, lo mejor es tratar de reducir el problema general en pequeñas decisiones concretas, que sí podamos ir resolviendo, y sobre las que podamos tener cierto control.

En aquellas sobre las que no podamos encontrar respuesta inmediata, plantearnos diferentes escenarios y tomar decisiones provisionales acerca de cómo actuaríamos ante ellas.

Es decir, en lugar de buscar una decisión perfecta para el reto general, lo más tranquilizador es tener varios planes de acción para cada uno de los escenarios posibles.

Para que esos escenarios posibles sean realmente útiles, una herramienta súper útil es la búsqueda de información. Cuantos más datos tenemos más control ganamos sobre esa situación que a priori era desconcertante.

Una vez tenemos los escenarios posibles, nuestro cerebro se pone a trabajar para tomar decisiones concretas ante cada uno de ellos. Aunque de forma provisional, esta toma de decisiones reduce la incertidumbre y por rebaja el estrés y sus efectos.

No se trata de buscar una falsa sensación de control, sino de hacernos conscientes de nuestras capacidades ante diferentes situaciones y saber los recursos con los que contamos.

El siguiente paso será aceptar las consecuencias positivas y negativas que se desprendan de cada una de las decisiones que hayamos identificado para cada posible situación.

No mirar a lo que nos da miedo no hará que desaparezca.

Aumentará el estrés que sentimos por esa situación desconocida y atemorizante.

Mirarlo, escrutarlo y analizarlo profundamente, hará que podamos valorar con más eficacia si realmente es algo a lo que temer, o un reto que podemos superar.

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