Actitud positiva

A veces me pregunto quién o qué es el responsable de que algunos de mis días sean estupendos, todo vaya sobre ruedas, me sienta plena, feliz, en sintonía con mi vida y la gente que me rodea, y sin embargo otros… sean todo lo contrario.

¿Qué fuerza caprichosa e insensible hace que esto ocurra? Puede suceder en el trabajo, estando con mi hija, o cuando monto en bici. No importa la compañía ni el clima, simplemente sucede que hay veces en las que no me encuentro, no soy yo, o no tengo el día.

Parece una lotería, pero me ha dado por pensar en una frase que he oído y dicho muchas veces Nuestras decisiones y acciones dependen tanto de nuestros pensamientos más racionales como de nuestros sentimientos… y me he dado cuenta de que el único factor común en todas estas situaciones ¡SOY YO!. ¿Será posible que sea yo la responsable de cómo son mis días y que no me haya dado cuenta hasta ahora?

Lo cierto es que ya lo sabía, de una forma racional, entendía y aceptaba que mi actitud y predisposición, mis creencias y expectativas, mi cansancio físico o mi carga mental de ocupaciones, influían en mis estados emocionales, así como mis emociones influyen en mi atención, en mi estado físico y en mi forma de relacionarme con mi entorno. Sólo que no había llegado a interiorizarlo tanto como para que me sirviera en mi vida diaria.

Mi estado interno influye en mi forma de ver mi entorno

El cambio de perspectiva

Han tenido que pasar muchos días de esos que pintan mal en la bici, con lluvia, frío, y niebla, que contra todo pronóstico terminaron siendo geniales, divertidos y, encima con sol, para que haya entendido que las gafas que me pongo por las mañanas son las que hacen que un día sea de los que recuerdo o de los que preferiría olvidar.

Ahora bien, ¿Qué hacer cuando ya me he puesto en modo “enanito gruñón” y todo va mal? ¿Cómo cambiar esa inercia que me lleva casi sin opción al desastre de un día perdido? De momento, he decidido aceptar esos días, darme cancha y entenderme; no llego a todo, no puedo con todo, y no pasa nada. Una vez ahí, dejo de responsabilizar a otros, personas o cosas, por mi estado negativo, no hay culpables en mi cansancio o en mi estrés, en mi aburrimiento o frustración, hay responsabilidades y cosas que mejorar, y la mayoría parten de mí.

Respira, ¿Qué haces aquí? ¿Para qué has venido? ¿Dónde te gustaría estar? ¿Qué otra cosa te gustaría estar haciendo? ¿Tienes o quieres hacer esto?

Estas sencillas preguntas me han dado más de una vez la respuesta al por qué de mi irascibilidad o desatención. Qué hacer con las respuestas es un segundo paso, el paso de la elección consciente, basada no sólo en la razón, sino también en la emoción.

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